Inicio Estilo de Vida Regina Moya: ¡Siempre no se nos acabó el mundo!… ¿O sí?

Regina Moya: ¡Siempre no se nos acabó el mundo!… ¿O sí?

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Estábamos de vacaciones de Navidad en Colorado, nos quedamos de ver ahí con abuelos, tíos, primos y nietos, cual familia burrón, tal como nos gusta a los mexicanos. Para nosotros, unas vacaciones sin escándalos, gritos, calenturas, niños descalabrados, alguna maleta perdida y otras tragedias propias de viajar en manada, no son unas vacaciones como Dios manda.

No podíamos ir todos a cualquier lado a comer, porque obviamente en este país el hecho de llegar a un restaurante y pedir Table por twenty, please, le pone cara de terror a cualquier mesero.

Muy distinto a nuestro querido México donde si llega uno con una bola de 20 a un restaurante, los meseros mueven cielo, mar y tierra para juntar cinco mesas en dos patadas. De volada reparten menús, sirven las Cocas para los niños y las chelas para los adultos, sin ningún problema y felices de la propinota que les va a tocar por atender a tantos. En Estados Unidos es otro rollo. Después de tantos años de vivir aquí hemos aprendido a tener paciencia, a saber que  ellos nos ven llegar tal cual como la película de My Fat Greek Wedding, y que, si tenemos la suerte de que nos sienten a todos al mismo tiempo, ya fue una GRAN suerte, así que de nada nos sirve enojarnos ni poner carotas, hay que entender que es una de las muchas diferencias culturales que tenemos y punto.

Para no desviarme del tema que tengo en la cabeza, sigo con mi relato. Milagrosamente, nos dan una mesa para todos. Entramos pues, en alegre y jubiloso tropel, gritando de un extremo a otro: –¿Y a los niños qué les vamos a pedir?- ¡Los de allá decidan rápido!- ¿Dónde está el baño? -¿Alguien ha visto mi pañalera?

Total, nos instalamos, y lo primero que nos damos cuenta es que hay una mesa igual de grande junto a nosotros y sí, obvio de mexicanos. ¿Cómo los distinguimos? No lo sé, es un misterio. Tenemos la capacidad de distinguir a un mexicano en cualquier parte del mundo a leguas de distancia sin que abra la boca. ¿Apoco no? Es como un chip que traemos en el cerebro, no sé si nos arreglamos de cierta manera, si caminamos o tenemos diferentes movimientos, pero nos reconocemos luego luego… ¿será algún instinto de conservación tipo los pajaritos que reconocen su misma especie a kilómetros de distancia?  Ve tú a saber.

Nos quedamos un poco incrédulos porque esta familia de junto estaba de lo más calladita.   TODOS… los abuelos, los tíos y hasta los niños estaban tan silenciosos como si estuvieran oyendo un sermón en misa. ¡Qué raro!… ¿familia de mexicanos en silencio? como que algo no cuadraba. En eso se acerca mi niño de seis años y me dice: “Mamá… ¿Por qué todos los de esa mesa tienen juegos y nosotros no?”.

Indiscretamente volteo para ver de qué hablaba mi niño y con la sorpresa de encontrarme que todos, y cuando digo todos es TODOS los miembros de la familia de junto estaban, cada uno,  con algún tipo de aparato electrónico en la mano.  BlackBerry, iPads, iPods, iPhones, ¡Ay guey!  ¡No inventes!.. ¡Qué horror! Ni parecían mexicanos. Los prefiero mil veces gritones y escandalosos.

Como sabiamente diría mi mamá en estos casos: “Lo que te choca te checa”.   Me impresionó enormemente esta familia, porque de alguna manera u otra me vi a mí misma reflejada en ella. ¿En qué momento nos esclavizamos a tal grado a un aparatito?

¡Señores! temo informarles que tal vez los  Mayas no se referían al fin del mundo como tal, sino al fin de la comunicación como la conocemos hasta ahora… Míranos nada más, cada uno anonadado en su pequeño mundo.  Por un pelito y se nos cumple la premonición de Albert Einstein:

“Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad.
El mundo sólo tendrá una generación de  perdidos/desconectados”

Es imposible estar incomunicado y jamás te voy a sugerir que vayas por el mundo sin teléfono, pero estamos llegando a un extremo, y todo extremo es malo.  Hay que tomar acción de alguna manera.

Una familia mexicana nos contó que este año pusieron como requisito para entrar a la cena de Navidad, que cada uno dejara su teléfono en la entrada del lugar. Querían que fuera una fiesta navideña tradicional, donde platicaran unos con otros como hasta entonces lo habían hecho. ¡Bien por ellos! Parece mentira, pero si no nos ponemos creativos en reglas de uso de celulares, al rato vamos a estar viviendo las 24 horas como la familia de la mesa de junto.

Me puedes decir que eso no te va a pasar a ti. Algún día que andes de ocioso, te propongo que cuentes la cantidad de veces que ves el teléfono para mensajitos, textos y estupideces mientras estás con tu familia. Mi pronóstico es que te vas a horrorizar.

Cada que veas a tu familia absorta cada uno en su teléfono, ¡cuidado! No vaya a ser que por dejarte llevar por la corriente, el 2013 efectivamente sea para tu familia el fin del mundo como lo conocías hasta hoy.  Piensa en una o dos reglas que funcionen en tu casa y por favor ¡sé tú mismo el primero en cumplirlas!

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