Inicio Estilo de Vida Regina Moya: Princesa mexicana, Cenicienta americana

Regina Moya: Princesa mexicana, Cenicienta americana

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En esto de ser sinceros hay que soltar toda la sopa como se debe, así que comienzo por confesar que cada vez que voy a México me entra una crisis existencial y no dejo de pensar… “¿Qué estoy haciendo en Estados Unidos?,  ¡si este es mi país!”.

Comienzo por relatar mis últimas vacaciones en la ciudad de México este pasado diciembre: después del intenso trajín americano de Santa Claus, Jingle Bells, pumpkin pie y todo el show, nos fuimos a pasar navidad con la familia. ¡A Dios gracias que ya están bajando los precios de los boletos!

Cabe mencionar que esta vez me subí al avión con una barriga de siete meses, así que de entrada ya venía con el cansancio y los achaques propios de la recta final del embarazo. Por eso mismo, los primeros días, me quedé en casa de mi abuela mientras mis hijos y mi marido correteaban las olas en Ixtapa, y fue durante esa maravillosa semana de vacaciones en donde no hice absolutamente nada más que tejer, jugar barajas y chismorrear con mi abuela.

Si bien es cierto que en México existen los contrastes sociales, sobre los que no  deja uno de reflexionar, ¿para qué nos hacemos?, también es ‘agustísimo’ echarte y dejar que te consientan cual princesa.

En las mañanas despertábamos con el desayuno listo en la cama si queríamos y, mientras nos carcajeábamos del último chisme, escuchábamos vocecitas de… “¿Qué se le ofrece?, ¿le traigo algo? ¿qué se le antoja señorita?”; mi ropa perfectamente almidonada y limpia todos los días y la tiendita de la esquina para cualquier antojo; es ahí cuando me llega el shock psicológico: ¿qué fregados estoy haciendo en Estados Unidos?, ¡si en México vivía tan a gusto!

Algo curioso es que nunca se es tan patriota como cuando vives fuera de tu país, y respetando este principio turisteamos en México cual fuereños. Fuimos a pasear al Zócalo, donde mis hijos se maravillaron al ver a los chamanes haciendo limpias con hierbas frente a la Catedral, me sentí orgullosa de mostrarles la magia del Centro Histórico;  también los llevé al mercado de San Ángel a comprar la piñata tradicional de picos con todo y sus jícamas, tejocotes, cañas, cacahuates y mandarinas.

Prendimos luces de bengala sin que los vecinos se quejaran de que provocaríamos un incendio, y pedimos posada como se debe: rodeados de los veinte mil primos y tíos que nos abrazaban con euforia y nos preguntaban si algún día regresaríamos a México…. una vez más el golpe bajo y la tristeza.

Total que llegué con mi monumental barriga y muy cabizbaja a Estados Unidos, a desempacar maletas, a arreglar la casa y demás friegas cotidianas.  Definitivamente, el quehacer de la casa es algo a lo que creo que nunca me podré acostumbrar, pasar de ser princesa a ser Cenicienta no es divertido.

Por otra parte, debo admitir que andaba con tanta nostalgia que casi ni me doy cuenta de que no les tuve que decir nada a mis hijos para que hicieran su cama al día siguiente,  llevaran su plato al fregadero y recogieran sus juguetes.  Mi esposo ya estaba listo para sacarlos a andar en bici y pasar todo el día en familia. Casi se me olvida mi realidad “sanantoniana”, mi increíble realidad con las innumerables ventajas que ofrece este país.

Si bien es cierto que jamás tendremos las maravillas de México, también es un hecho que tenemos enormes ventajas, y nuestros hijos -a final de cuentas- crecerán con un papá más presente, con la libertad de salir a jugar sin sentirse amenazados y sin ninguna necesidad de ser atendidos.

Me doy cuenta de que aquí hay de dos sopas: o lamentarme de lo que no tengo y NUNCA voy a tener en Estados Unidos, o sentirme afortunada por ser dueña de ambas realidades, que a final de cuentas, nunca dejarán de pertenecerme.

En enero no tuvimos que estar en México para que los Reyes Magos encontraran nuestra casa y dejaran los juguetes junto al zapato de mis hijos,  tampoco dejamos de darnos el tradicional atascón con el chocolate Abuelita y la Rosca de Reyes, ni dejamos de comer chilaquiles ni absolutamente nada que se nos antojó. De hecho, el 2 de febrero, Día de la Candelaria, planeamos comer tamales en casa de nuestros amigos.

En fin, yo me despido esperando que no se cumplan las profecías de nuestros antepasados los mayas, ¡porque ahí sí a todos nos lleva la fregada! Así que, por si las moscas, dediquémonos a gozar cada día de este año, mis queridos compatriotas, teniendo como único propósito liberarnos de viejas nostalgias  y ser felices con aquello que sí tenemos.

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