Inicio Estilo de Vida Gaby Vargas : Yo contigo, tú conmigo

Gaby Vargas : Yo contigo, tú conmigo

Compartir

“Buenos días”, “¿qué vas a hacer hoy?”, “¿qué quieres de cenar?”, “¿cómo están los niños?” Hasta que el sonido de la televisión ahoga las conversaciones irremediablemente…. “Buenas noches.” Así, poco a poco vamos dejando de ser amantes para convertirnos en socios de una vida práctica y operativa.

Está comprobado que en lo cotidiano, invertimos en la comunicación con nuestra pareja, a lo mucho, 10 minutos, entonces, más que una plática es un mero intercambio de información y cortesía.

Con frecuencia sólo atendemos las cosas de afuera, y no nos damos tiempo para cultivar el interior de nuestra relación. Necesitamos hablar de corazón. Escucharnos de corazón. Viajar por nuestras almas, con la tranquilidad que da pasear de la mano por el campo. Debemos ser capaces de crear y retomar lazos, porque ahí es donde se empieza a hacer el amor: al cultivarlo.

¿Quién no tiene temores, sueños, anhelos, inseguridades o esperanzas que buscan salida? ¿Cuántos de nosotros vivimos capoteando estos vagos sentimientos que la vida llena de ajetreo nos impide aclarar, afrontar y sacar?, ¿y sabe? el silencio puede enfermarnos, sobre todo si tratamos de acallar un malestar, un pensamiento, un presentimiento o una congoja.

Por una extraña fermentación interna lo que no se exterioriza, tarde o temprano nos envenena. ¿Qué nos impide hablar?, ¿será miedo?, ¿falta de tiempo?, ¿evasión? Al compartir nuestras inquietudes con nuestra pareja, todo se transforma y, como piezas de rompecabezas, éstos se acomodan y empiezan a resolverse desde el momento en que los ponemos en palabras.

La comunicación, más que un lujo, es lo que mantiene viva una relación. Qué triste es ver a una pareja sentada a la mesa de un restaurante mientras ambos pasan la mayoría del tiempo observando a lados opuestos del salón sin hablarse uno al otro. El silencio sólo se interrumpe con frases como: “¿Te sirvo vino?” o “¿me pasas la sal?”. No se necesita ser psicólogo para adivinar que esa relación está destinada a morir, porque la incomunicación es desinterés, rechazo y soledad.

Habrá quien pueda pensar: “¿De qué le platico a alguien que me conoce desde hace tantos años?” o “ya sé todo de él” o “¡ya no tengo nada nuevo que contarle!”

¿No tengo? Si supiéramos escuchar con el corazón, ¡nos asombrarían tantos matices y sutilezas que tiene aquella o aquel al que creemos conocer tanto! En nosotros está el poder de reinventarnos y de asombrarnos. Para esto se necesita querer amar, querer conquistarnos uno a otro. ¡Hay tantas cosas que puedo compartir contigo! Puedo platicarte de mi pasado, no como un recuento biográfico de hechos, sino de lo que me hizo reír o llorar. Puedo contarte recuerdos de quienes me ayudaron a darle forma a mi vida. Algunos eventos estuvieron llenos de luz, otros tuvieron la tristeza de la oscuridad.

Puedo compartir contigo, mi forma de ver las cosas, de ver a otras personas en mi vida y del Dios al que le rezo todas las noches. Puedo comentar contigo qué es lo que me impacta sobre el libro que estoy leyendo, la última película que vimos juntos. Es cierto que el primer obstáculo que encontramos está dentro de nosotros mismos. Prefiero esconder mis puntos vulnerables.

Quizá he editado la versión que conoces de mí. Te puedo mostrar mi cuarto de trofeos, pero temo abrirte mi cuarto de defectos y debilidades. Si me atrevo a mostrarme tal como soy, te puedo contar mis secretos, mis esperanzas y mis sentimientos. Algunos son buenos, otros no tanto. Pero son míos. Al compartirlos, siento que me conecto contigo.

Y como todo lo que viene del corazón es contagioso, estoy segura que tú también querrás platicarme tus inquietudes. Te voy a escuchar sin juzgarte, sin aconsejarte, sin tratar de darte soluciones mágicas.

Me esforzaré en entender más allá de lo que dicen tus palabras. Observaré qué me dice tu mirada, tus gestos, tus silencios, para comprenderte mejor. Ahora que tenemos unos días de vacaciones, y se nos presenta la oportunidad de estar juntos, no desperdiciemos la ocasión de conectarnos.

Evitemos hablar para sólo intercambiar información, para quejarnos de hechos pasados, para hablar de lo mal que va un hijo en la escuela (si es que lo hay), hablar del trabajo, criticar a alguien o a todo.

La comunicación es la vida del amor, y su raíz se fortalece en el acto de compartir. En sentido profundo, comunicar es compartir nuestra persona. Así lograremos no un encuentro, sino lograremos varios: yo contigo, tú conmigo, yo conmigo, tú contigo, y nosotros con el mundo.

Bookmark and Share

Comentarios

comentarios