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Gaby Vargas: Mamá de hoy de dos piezas

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“Mala mamá” es lo que una y otra vez repite mi conciencia y me recorre cada rincón. Te miro y ni yo misma sé lo que siento cuando tu carita redonda me sonríe. Te dejo en buenas manos: las de los papás de tu papá, tus abuelos.

El  sentimiento de culpa me invade y se apodera de mí poco a poco: voy a dejarte TODO EL DÍA. Un movimiento suave dibuja la bendición que cotidianamente te doy junto con un beso tierno; sólo uno, porque si no me engolosino y me quedo contigo.  Me  voy con el corazón chiquito, diminuto, y salgo a toda prisa como queriendo alejarme rápidamente de ti, mi pequeña, porque si no, aparecen otra vez las ganas de quedarme.

El  letrero de “Santa Fe” se ve a lo lejos y entonces algo pasa: mi lado profesional  suaviza las cosas y me dice que todo estará bien, que sólo será un rato; que debo desarrollarme profesionalmente, “bla, bla, bla…”, un chafa autolavado de cerebro.

Trabajo bien, alcanzo logros, pero no dejo de pensar en ti. En  cuanto puedo marco y, a veces, si tengo suerte, hasta escucho tus balbuceos con mucha atención. Una parte de mí quiere seguir adelante, y la otra quisiera salir corriendo a abrazarte y hacerte una  alfombra de besos, como la que me hizo mi mamá cuando pequeña.

Al diablo con el feminismo, exclamo mientras contemplo tu fotito en mi celular; pero luego vienen a mi mente imágenes de simple ama de casa encerrada en cuatro paredes. A mi alrededor contemplo a mamás profesionistas que combinan sus dos roles y me digo “sí se puede”.

Entre debates pasa el día. Alcanzo metas, consigo citas, muevo gente. Esto me alimenta y me nutre, pero mi vista no se aparta del reloj. A las seis en punto la máquina se apaga, la profesionista se torna mamá y sale corriendo en busca de su pequeña princesa.

El corazón empieza a latir de nuevo. Si tengo suerte estarás despierta, pero la mayoría de las veces duermes como un ángel que dibuja mi vida.

Te subo a la silla del Atos y, durante el recorrido, te coqueteo por el micro espejo. Si vas despierta, lloras, y entonces me siento peor. Si vas dormida tu silencio me intriga, me hace extrañarte aún más, e incluso pienso y siento que no me acompañas. En el semáforo rojo quisiera cargarte, pero dura tanto y tan poco.

Él, tu papi, me pregunta qué podemos hacer cuando nota mi infelicidad diaria; yo misma no sé explicarme ni me entiendo. Normalmente lloro. Por un lado mi desarrollo,  los objetivos para mi vida; por otro, un desconocido sentimiento de amor infinito. Yo misma soy dos piezas que no encajan, que me quebrantan, que no empatan en nada y se separan y me separan.

Ser madre es algo insospechadamente cuestionador entre tu parte sentimental y tu mente. ¿A quién escuchar?

Vivo de lunes a viernes en automático. Por la noche te bañamos mientras nos miras, sé que te hago falta. No estás nada mal, pero tu sonrisita enseñando la encía me dice “no hay mejor lugar que los brazos  de mamá”. ¿Y yo? También sé que me haces falta cuando me descubro volviendo a mirar tus fotos cada cinco minutos. Y entonces quisiera ser abuela para cuidar a mi hija.

¿Medio tiempo? ¿Negocio propio? Empiezo a creer que me equivoqué de camino al someterme a un jefe y a un horario. Si tan sólo lo hubiera yo pensado…

No sé qué hacer, mi nena linda. Y no sé si podré seguir ni si podré detenerme. Ni siquiera sé si me doy a entender con mi ambivalente situación… te extraño.

Éste es el testimonio de Verónica, y refleja lo que vive la mayoría de las mamás de hoy en día. ¿Qué opinas?

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