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Él allá, yo acá

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Regina Moya

Hay una semana del mes que espero con sentimientos encontrados. Comienza con el lunes, cuando voy a dejar a mi marido al aeropuerto, lo despido tristona y como buena vieja, le aviento el sermón tradicional de lo pesado que es para mí quedarme sola toda la semana en San Antonio.  Secretamente, de regreso a mi casa, se va apoderando de mí un sentimiento distinto, casi placentero, porque en el fondo de mi corazón sé que comienzan mis preciados siete días de libertad.

Hace casi un año mi marido anunció que se tendría que ir una semana del mes a México por cuestiones de trabajo. Esta noticia me cayó como bomba, me vino un foco rojo a la cabeza pensando  en la cantidad de amigas que me han llorado amargamente contándome lo difícil que es que el esposo vaya y venga, y las broncas que han tenido como pareja. Obviamente entré en un estado de paranoia.  El matrimonio de por sí es un negocio difícil, ¿por qué complicarlo más?

Me vinieron a la mente las frases de mis tías y abuela: ”Cuando el gato no está los ratones se divierten”, ”Amor de lejos, amor de pen…” y aquella de “felices los cuatro”. Me negaba a que este fuera mi destino. Había vivido siete años en San Antonio feliz de la vida, en este pueblo tranquilo donde a lo mucho los hombres se van a echar una chela los jueves y les cierran el bar a las dos de la mañana. Esto era todo a diferencia de mi México lindo y querido, donde hay pachanga a todas horas, tequila, cubas y tentaciones en cualquier lugar.

De pronto, me sentí completamente insegura. La primera noche que dormí sola, mi imaginación femenina empezó a torturarme. La semana fue una agonía total, y cuando regresó mi marido le supliqué que no se volviera a ir, pero él y yo sabíamos que de ahora en adelante esto se iba a repetir una semana al mes y no había vuelta de hoja.

Un día, no me preguntes por qué, cuando regresé de dejarlo en el aeropuerto, mientras manejaba por la 281, me vi en el espejo retrovisor con los ojos llorosos y con cara de vieja parturienta. No sé si fue una defensa psicológica pero me di pena ajena, oí una vocecita interna que me gritó: “¡ya estuvo bueno, bájale a tu rollo!  Se va a ir de todas maneras, así chilles y patalees”. Y entonces así, de la nada, me paré en el Blockbuster, pasé de largo los pasillos de películas de acción y balazos, tan cotizadas por mi marido, y me fui directito a la sección donde estaba Los Tudor, una serie histórica, buenísima por cierto, que cuenta los líos de Enrique VIII y sus enredos amorosos. En resumidas cuentas, una telenovela tortuosa y de flojera para varios hombres. Me di cuenta que tendría ese día para mi solita, y lo mejor de todo… ¡yo acapararía el control de la tele!

Después de salir de Blockbuster, ya con una ligera carga de adrenalina en el cuerpo, me dirigí a The Body Shop, tienda que repele como insecticida a mi marido. Desde que entré me envolvieron los olores intensamente afrutados de cremas, aceites y velas. Un paraíso para toda mujer. En menos de 20 minutos ya estaba dentro de la tina, llena de espuma con olor a mandarina, con una mascarilla de no sé qué porquería embadurnada en la cara, rodajas de pepino en los ojos, mayonesa en el pelo, música de Flans en el ipod, velitas prendidas y toda la cosa. Además, no tenía que pensar en qué haría de comer ese día, total, siempre hay sobras en el refri. A mis hijos de seis y cuatro les da igual cenar con mantel puesto que comer unos sándwiches de jamón en el jardín. Me sentí plena y absolutamente feliz.

Esa noche, le puse pausa a Los Tudor mientras hablaba por teléfono con mi marido y me contaba el resumen de su día. Ya no sentí angustia, ya no le reclamé, lo único que quería era colgar porque en un rato llegaban 10 amigas a cenar. Ya me estaba saboreando las pizzas en platos desechables y la “chorcha” terapéutica femenina. Actividad que he adoptado con singular alegría los miércoles de mi semana libre.

Noté que estar lejos también tenía “su premiecito”, ¿será que él también descansa de mí estando lejos? Yo no sé, pero eso sí, regresa contento y con ganas de verme, dice que me extrañó muchísimo, y yo me siento como novia otra vez, un poco inalcanzable, pensando qué me voy a poner el domingo para irlo a recoger al aeropuerto. Y yo juraba que todo este nervio de verlo ya eran tiempos pasados. ¡Ándale! ¿No que no?

Es fácil hacernos harakiris mentales. Ahora estoy encantada de la vida con mis siete días libres, pero la mente es compleja, y no se me olvidan esas amigas a las cuales el estar lejos de sus maridos no les ha traído más que broncas. Yo soy novata en el asunto pero ¿será que a ambos nos llegue a acomodar demasiado estar lejos? ¿Estaremos jugando con fuego en este ir y venir? ¿Para qué nos hacemos? Desde luego que sí.

La vida es una ruleta y nadie está exento de nada, quien piense que sí, está equivocado. El destino es especialista en dar giros de 180 grados sin decir ni agua va. Nos toca lidiar con situaciones que no nos gustan porque somos humanos, y así es este asunto. A las cosas hay que llamarlas por su nombre, esto que estamos haciendo es riesgoso, aquí y en China.

Buena o mala, esta es mi realidad, una que comparto con muchas otras mujeres.  Quiero pensar que en esta vida lo último que muere es la esperanza de ser una de esas parejas sobrevivientes a las que el ir y venir resulta al final del día algo que fortalece el matrimonio, no que lo hunde. Quiero ser una de esas viejitas felices que cuentan a sus nietas la historia de cuando él iba y venía, y todo resultó ser parte de un crecimiento para bien.

Curiosamente hoy llegó mi marido de México, lo fuimos a recoger mis hijos y yo al aeropuerto, nos abrazó con una enorme sonrisa, y para no variar, le dije que lo había extrañado como nunca, que se me hizo eterna la semana y que es injusto y pesadísimo estar sola con los niños. Luego fuimos a comer y a pasear y entramos en la rutina en un dos por tres.  Yo tecleo en la compu los últimos párrafos de mi artículo sin tener ni la más remota idea de cuál será mi conclusión. Oigo los ruidos de fondo de la tele en mi cuarto con arrancones de coches del programa Top Gear, por supuesto, él ya tiene el control de la tele en sus manos y la mesa del comedor ya está puesta para el desayuno de mañana.

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“He’s over there,  I’m over here…”

There is one week each month that I wait for with mixed feelings, it starts on Monday when I drop my husband off at the airport, I say good bye a little sad, and as a typical nagging woman I lecture him with my usual speech about how tough it is to stay alone the whole week in San Antonio.  Secretly, on my way back, a different feeling starts to invade me, an almost pleasant one, because, in the bottom of my heart, I know my precious 7 days of freedom have begun.

About a year ago, my husband announced that he would be traveling for one week every month to Mexico for work, this news was a bummer for me, I immediately sensed an alert in my head thinking of so many friends of mine that have wept on my shoulder sobbing about how difficult it is that their husband comes and goes, the problems that they have had as a couple… And obviously I started feeling paranoid.   Marriage is by itself a tough business, why complicate it even more?  My aunt’s and grandmother’s typical Hispanic phrases popped out in my head warning “when the cat is away, the mice have fun… “Love at a distance is only for the foolish ones” …I refused to think of this as my destiny, I have had seven very happy years in San Antonio, in this calm town where at the most, the guys went out for a beer and the bar closed at 2:00 am, and was it.  Such a different scenery from my beloved Mexico City where party never ends, where tequila, rum and temptations are a part of every day’s life.   Suddenly, I felt completely insecure.  The first night I slept by myself my feminine imagination started to torture me.  The whole week was agony, and when my husband came back, I begged for him not to leave me ever again.  But we both knew that from that moment on, this would happen for a week every month, and there was no turning back.

One day, don’t ask me why, on my way back home from dropping him off at the airport, while I drove back home on the highway 281, I saw my reflection in the rear view mirror, with my eyes all weepy and with a labor pain-like face and I felt embarrassed, I heard a little voice in my head that cried “enough already!…

Knock it off! He’s going even if you cry yourself to dry!” And it was at that moment that I stopped at Blockbuster, I passed through the aisles of action and gun fire movies that my husband loved and I went straight to the Tudor TV Series, a historic TV show, magnificent by the way, that tells the story about Henry VIII and his affairs with the European court, the women appear with the most stunning wide dresses,  in a nutshell, a soap opera extremely boring for some men, I then realized that that day was completely for me alone, and best of all, I would own the tv remote!

And why stop only at Blockbuster? Now, charged with adrenaline rushing through in my body, I made a U turn and drove to The Body Shop, a store that drives my husband away as an insect repellent.  Once I entered I was enveloped by intense fruity scents of lotions, oils and candles, a paradise for women.  In less than 20 minutes I was already laying in my bathtub floating on tangerine scented bubbles, my face was smothered in a weird sticky substance, cucumber slices on my eyelids, my hair covered with mayo, my favorite girlie songs coming from my iPod, candles burning and everything!

I didn’t even have to think about what I would cook for dinner that evening, my 4 and 6 year old boys are not that demanding, they don’t really care if they dine with a tablecloth or just gulp up ham sandwiches in the backyard….and then, I felt absolutely and completely happy.

That night, I paused my Tudor series while I spoke with my husband over the phone, he talked about how his day had gone…I did not feel nervous anymore, I did not nag, the only thing I really wanted was to hang up as soon as possible because10 of my girlfriends were invited to have dinner at my home, they would arrive at any minute, and I was already craving for the delivery pizzas in plastic dishes, and the therapeutic feminine gossip I was about to be part of,  I have adopted this activity with great pleasure every Wednesday night, of my “week off”.

I then realized that being away had it’s little “rewards”  Might it be possible that he also takes a break from me while being apart?  I don’t know, but he does come back happy and wanting to see me, he says that he really missed me, and suddenly I feel like we are dating again, a little unreachable at times, thinking of what I’m going to wear when I pick him up on Sunday from the airport.  And I thought that this unsteady crush-like feeling was buried ages ago….

Of course it’s easy to brainwash ourselves,  at the moment I am excited about my week off, but the human mind is complex, and I cannot forget about all those friends for whom being away from their husbands has brought serious complications. Are we playing with fire here? Why fool ourselves?  Of course we are.

Life is a spinning wheel, and nobody is safe from any type of situation, whoever thinks they are, are wrong.  Destiny is an expert in throwing 180 degree spins with no warning whatsoever, and we have to put up with situations we do not like, because we are human beings and this is the way it goes.   Let’s be honest, this thing that we are doing, being away from each other, might turn out to be very risky.

For good or for bad this is my reality.  One, that I share with lots and lots of women.  I want to think that hope is the last thing that dies, hope of being one of those surviving couples, that being away for a while has no other repercussion than strengthening the bond, not destroying it.  I want to be one of those happy old ladies that tell their grand daughters the story of how he went and came and everything turned out to be part of a positive growth process.

Oddly, my husband got back from Mexico today, My kids and I went to pick him up at the airport, he hugged us with the biggest smile on his face.  Not varying my traditional speach, I told him this time I had missed him too much, that the week had passed by so slowly, how unfair and hard it is to be alone with the kids…Then, we went out for lunch and in a blink of an eye we were enrolled in our routine once again.  I type the last paragraphs of my article having no idea whatsoever of my conclusion, I hear noises from the TV coming out of my bedroom, engines of cars roaring from Top Gear show, of course he has the TV control in his hands, and the dining room table is neatly set for breakfast tomorrow.

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