Inicio Estilo de Vida ¿A poco vamos a pararle aquí?

¿A poco vamos a pararle aquí?

Compartir

Por: Regina Moya

Tengo la suerte inmensa de dar clases de poesía y pintura en una casa de niños migrantes. Estos son niños de nueve a 17 años que viajaron en su mayoría desde El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras. No los acompañó nadie, llegaron solitos.

Tuvieron la mala fortuna de que los agarró la migra en la frontera y los mandaron a esta casa durante un tiempo. Están ahí a veces semanas, a veces meses, esperando a que se resuelva su situación. Cada niño tiene derecho a abrir un caso. Si ellos logran convencer al juez que tienen peligro inminente de regresar a su país y que además tienen algún pariente en Estados Unidos que pueda hacerse cargo de ellos, entonces se ganan el derecho de quedarse. Sin embargo, el 70% de estos niños son deportados.

Quiero pensar que mis clases son un momento donde se relajan y se ríen, donde escriben y pintan y escuchan buena música, donde se les olvida por dos horas que su vida está en una encrucijada y que no tienen nada, absolutamente nada más que incertidumbre.

Estos niños tienen un nivel de educación muy bajo y sin embargo no había conocido a niños más listos y echados para adelante que ellos. Obviamente si llegaron solos hasta donde están es porque han pasado varios filtros y desde cierto punto de vista calificarían como lo mejor de lo mejor.

El otro día trabajamos en un ejercicio de escritura. Los alumnos tenían que pensar en un objeto que les gustara mucho, tenían que describirlo y dedicarle una página entera. Las manos veloces escribían sin parar. La siguiente parte del ejercicio consistía en leer en voz alta lo que escibió cada quien. Los más chiquitos no tienen ninguna vergüenza, se paran al frente y leen sus escritos con orgullo y entonación. Pero la mayoría de los adolescentes, como es propio de la edad, no quieren leer sus escritos. Se refunden en sus pupitres y esconden la cara con risas nerviosas.

Llegó un punto que yo pensé en saltarme al siguiente ejercicio cuando un niño de once años, un pequeño lider nato, me preguntó muy sonriente: —Teacher Moya, ¿puedo decirle algo a mis compañeros?— Cuando le di permiso, nunca esperé lo que dijo:

—Compañeros, buenos días.— Cabe mencionar que son muy educados. —Yo les quiero decir que en este salón no habemos cobardes. Todos los que estamos aquí tuvimos el valor de dejar a nuestras familias, de subirnos a La Bestia, de nadar por nuestras vidas en el río y ahora… no queremos leer lo que escribimos. Ya si llegamos hasta acá, ¿apoco vamos a pararle aquí?—

Después de este inesperado discurso que me puso la piel de gallina algunos se animaron a pasar al frente y leer.

Este incidente sucedió en mi segunda clase y ahora cada clase la comienzo con un discurso parecido. Pienso en mis propias circunstancias y en las tuyas también y a pesar de que mi viaje por la vida ha sido más benévolo que el de ellos, cuando estoy paralizada por hacer algo, con miedo o con pereza, últimamente me salta de nuevo esa vocecita con acento hondureño que me dice… Ya si llegaste hasta acá, ¿apoco vas a pararle aquí?

Comentarios

comentarios